Solemos utilizar las emociones como etiquetas que definan nuestra personalidad o como limitaciones a la hora de poder expresarnos en libertad. Las emociones podemos usarlas como mecanismos de autoconocimiento si evitamos etiquetarlas como buenas o como malas. Es la manera de comunicarnos muchas veces con nuestra mente inconsciente, y aunque a veces se presentan de manera muy intensa, en realidad sólo son eso, emociones.
No las utilicemos como excusas para dejar de hacer ciertas cosas en nuestra vida. Salgamos de las ataduras a las que nos sometemos muchas veces enredándonos en sus frecuencias e identificándonos con ellas como si fuéramos en esencia la emoción que se expresa.

Es normal que pasemos por momentos intensos de dolor o sufrimiento cuando alguna de estas emociones no dejan de perturbar nuestra mente. Pero es aquí donde más que nunca debemos recordar que no somos nuestros pensamientos, que son el origen de nuestras emociones, y que a su vez crea las sensaciones físicas en nuestro cuerpo. La intensidad depende de cuánto tú te has creído ese pensamiento.
El poder de la mente inconsciente
Claro, y me dirás: «pero a veces no veo el pensamiento que originó esa sensación en mi cuerpo». Y aquí viene nuestra parte más inconsciente, que forma el 95% de nuestros pensamientos nada más y nada menos. ¡El 95%!
Cada vez más científicos a través de la neurociencia investigan sobre esto, pero en culturas más antiguas, como la tibetana ya se conocía este poder de la mente inconsciente. En nuestro inconsciente se encuentran todas las experiencias y traumas vividos en esta vida, en nuestro linaje e incluso de otras vidas.
Por lo tanto, indagar aquí puede ser un tanto caótico y confuso a veces. Cuando llevas un estilo de vida saludable, coherente, compasivo y sencillo, tu mente consciente se fortalece. Y ante cualquier imprevisto te encuentras con las herramientas y la fuerza suficientes para poder gestionar de buena manera lo que experimentes.
Debemos tener en cuenta que esto nunca podrá estar bajo nuestro control, pues no sabemos qué experiencias podemos llegar a vivir para nuestro crecimiento, y a veces sé que puede ser más difícil de lo que una esperaba. Pero aún así, hay formas de rendirse y entregarse al gran misterio, a la vida.
Deja fluir tus emociones
Transitar las emociones requiere de confianza, entrega, amor y mucho, mucho mimo y respeto. Forzar ciertas situaciones nos puede llevar a espacios no muy agradables, y siempre será nuestra responsabilidad, y no la de otros, transitarlas con dulzura y compasión.
A mí me sirvió mucho comprender que en realidad sólo existen dos emociones. Sí, como estás leyendo. El Amor y el Miedo. Si no es amor, es miedo. Y si vibras en el miedo, te has olvidado del amor.
Tan sencillo y es por esto, por su sencillez, que nos vemos muchas veces perdidos en un mar de confusión, de impotencia o incluso ansiedad. Porque el ser humano, que decidió identificarse con la mente y creer que somos lo que pensamos, se separó de su esencia, de su latir, de su intuición y su corazón.
Solo tú sabes quién eres
Llevar las emociones al cuerpo requiere de la práctica de la escucha profunda. Pues desde ahí logras aliviar la carga de esas emociones que no te gustan tanto y que puedan ser transformadas en amor. Dejas de luchar con lo que sientes y entras en un instante consciente y activo que te aporta sabiduría y conocimiento de tu ser.
Y esto sólo lo puedes descubrir tú misma. Nadie te dirá quién eres. Te puedo guiar, te puedo acompañar o sostener el espacio para que te sientas más segura. Pero sólo tú tienes la llave que permite expresar la emoción tal cual es para que pueda revelarte tu naturaleza auténtica: LUZ.